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La estupidez sistémica del poder autoritario

Esta tesis muestra que la propaganda no fracasa necesariamente cuando no convence. Puede cumplir otra función: recordar quién manda, quién puede imponer el absurdo y quién tiene capacidad de castigar el disenso.

La idea central procede del politólogo Haifeng Huang. En Propaganda as Signaling, Huang sostiene que la propaganda autoritaria no se usa solo para inculcar valores favorables al régimen, sino también para señalar la fortaleza del gobierno en mantener control social y orden político. Su evidencia sobre China indica que una mayor exposición a propaganda estatal no hacía a los estudiantes más satisfechos con el sistema, pero sí los llevaba a percibir al régimen como más fuerte y a mostrar menor disposición a participar en disenso político.

1. La propaganda como demostración de poder

La interpretación clásica dice: la propaganda busca convencer.

La interpretación sistémica añade: la propaganda también busca disciplinar.

El régimen no necesita que todos crean sinceramente en el mensaje. Le basta con que todos sepan que el mensaje es obligatorio, que ocupa el espacio público y que no puede ser contradicho sin coste.

Por eso la propaganda absurda no es necesariamente un error. Su propia absurdidad puede formar parte del mecanismo. El poder dice, en la práctica:

“Sabemos que sabes que esto es falso. Pero también sabes que podemos obligarte a convivir con ello.”

Esa es una señal mucho más profunda que la persuasión. No informa sobre la verdad del mensaje; informa sobre la fuerza de quien lo emite.

2. El absurdo como test de obediencia

La propaganda autoritaria funciona como un test público de sumisión. Si el régimen logra que la gente repita, tolere o finja aceptar algo evidentemente falso, demuestra que controla no solo las instituciones, sino también el comportamiento visible de los ciudadanos.

Lisa Wedeen estudió este fenómeno en el culto a Hafez al-Assad en Siria. Su análisis muestra que muchos ciudadanos no creían las afirmaciones oficiales, pero actuaban “como si” reverenciaran al líder; el culto servía para imponer obediencia, inducir complicidad, aislar a la población y fijar los límites del discurso público.

Esto es clave: el régimen no necesita conquistar la conciencia privada de todos. Le basta con conquistar la conducta pública.

3. La falsificación de preferencias

Aquí encaja muy bien Timur Kuran y su concepto de falsificación de preferencias: las personas expresan públicamente una preferencia distinta de la que sostienen en privado cuando perciben presión social o política. En sistemas autoritarios, puede haber una gran distancia entre lo que la gente piensa y lo que se atreve a decir.

La propaganda produce exactamente ese efecto:

  • todos escuchan el mensaje oficial;
  • muchos saben que es falso;
  • pocos se atreven a decirlo;
  • cada ciudadano observa que los demás tampoco lo dicen;
  • todos concluyen que quizá están más solos de lo que realmente están.

Ese es el triunfo del poder: fabricar soledad política.

No hace falta que el ciudadano crea. Basta con que no sepa cuántos más tampoco creen.

4. La propaganda no elimina la realidad; elimina la coordinación

La propaganda autoritaria no tiene que destruir por completo la verdad. Tiene que impedir que la verdad se convierta en acción colectiva.

Una persona aislada puede pensar: “esto es mentira”.
Pero no sabe si su vecino lo piensa.
El vecino tampoco sabe si ella lo piensa.
Ambos callan.
El régimen parece más fuerte de lo que quizá es.

Así, la propaganda no solo transmite un mensaje; bloquea la coordinación de quienes desconfían del mensaje.

En términos sistémicos:

La propaganda autoritaria no busca tanto producir creyentes como impedir que los incrédulos se reconozcan entre sí.

5. La propaganda como “señal costosa”

Huang compara este mecanismo con una señal costosa. Un régimen débil no puede inundar todos los espacios con mensajes, controlar medios, producir rituales, repetir consignas, vigilar desviaciones y castigar discursos alternativos. Un régimen fuerte sí puede hacerlo.

Rob Henderson resume la tesis así: incluso si el contenido es ridículo o poco persuasivo, el hecho de que el régimen pueda difundirlo masivamente demuestra capacidad. La propaganda dice menos sobre la verdad del mensaje que sobre los recursos del emisor.

Esto explica por qué tanta propaganda autoritaria es aburrida, repetitiva y poco convincente. Si fuera demasiado sofisticada, parecería comunicación. Al ser torpe, impuesta y omnipresente, se vuelve demostración de dominio.

6. Estupidez sistémica: eficacia a corto plazo, ceguera a largo plazo

Ahora bien, este mecanismo contiene una trampa. La propaganda puede ser eficaz para intimidar, pero puede volver estúpido al sistema.

Huang, en The Pathology of Hard Propaganda, muestra que la propaganda dura puede empeorar la opinión de los ciudadanos sobre el régimen y, al mismo tiempo, reducir su disposición a protestar. Es decir: puede servir para sostener la estabilidad a corto plazo, pero deteriorar la legitimidad a largo plazo.

Ahí aparece la estupidez sistémica del autoritarismo:

El régimen aprende a producir obediencia, pero deja de recibir información veraz.

Si todos fingen lealtad, el poder no sabe quién le es realmente leal.
Si todos repiten consignas, el poder no sabe qué piensa la sociedad.
Si todos callan, el poder no distingue estabilidad de miedo.
Si todos obedecen, el poder confunde silencio con apoyo.

La propaganda crea una burbuja de control. Y dentro de esa burbuja, el régimen puede volverse incapaz de corregir sus propios errores.

7. El sistema autoritario se intoxica con su propia mentira

La propaganda tiene un efecto interno: no solo disciplina a los gobernados; también intoxica a los gobernantes.

Al principio, el régimen sabe que miente.
Después, exige que otros repitan la mentira.
Luego, castiga a quien no la repite.
Finalmente, solo recibe versiones filtradas por la mentira.

El resultado es una patología política: el poder destruye los canales que podrían advertirle de su fracaso.

Por eso muchos regímenes parecen sólidos hasta que colapsan de forma repentina. No porque no existiera descontento, sino porque estaba oculto bajo capas de falsificación pública.

8. Relación con la estupidez sistémica

Este caso encaja perfectamente con varias leyes de la estupidez sistémica.

Primera: el sistema parece racional desde dentro.
La propaganda se justifica como defensa de la unidad, estabilidad, moral pública o soberanía nacional.

Segunda: el sistema castiga la evidencia incómoda.
Quien dice “esto es falso” no corrige al sistema; lo amenaza.

Tercera: el sistema convierte medios en fines.
La propaganda deja de servir a la legitimidad y pasa a sustituirla.

Cuarta: el sistema aprende a no aprender.
Cuanto menos cree la población, más propaganda produce el régimen.

Quinta: el sistema confunde obediencia con verdad.
Si nadie protesta, se interpreta como apoyo; si todos repiten, se interpreta como convicción.

9. La propaganda democrática y la diferencia esencial

También hay propaganda en democracias: campañas, marcos narrativos, publicidad política, manipulación emocional, eslóganes, propaganda institucional. Pero la diferencia esencial está en el coste de disentir.

En una democracia imperfecta, puedes burlarte del cartel, votar contra el gobierno, publicar una crítica, organizar oposición o cambiar de medio.

En un autoritarismo, el mensaje oficial no compite: se impone.

Por eso la propaganda autoritaria no debe analizarse solo como comunicación política, sino como arquitectura de dominación.

La propaganda autoritaria no fracasa cuando nadie la cree. A veces funciona precisamente porque nadie la cree y, aun así, todos deben soportarla. Su objetivo no es demostrar que el régimen dice la verdad, sino que tiene poder suficiente para imponer la mentira.

El régimen autoritario no necesita convencerte de que dos más dos son cinco. Le basta con comprobar que no te atreves a decir que son cuatro. La propaganda absurda es una prueba de obediencia: cuanto más evidente es la mentira y más obligatoria su repetición, más claro queda quién manda.

La propaganda es estupidez sistémica cuando sustituye la realidad por ritual, la legitimidad por miedo y la verdad por obediencia. Puede funcionar durante años porque reduce el disenso visible y fabrica conformidad pública. Pero su éxito es también su condena: al obligar a todos a mentir, el régimen termina rodeado de señales falsas. Cree haber construido unanimidad, cuando quizá solo ha construido silencio



The True Purpose of Propaganda

Why do authoritarian regimes broadcast silly, unpersuasive propaganda?

 Propaganda is intended to instill fear in people, not brainwash them. The message is: You might not hold pro-regime values or attitudes. But we will make sure you are too frightened to do anything about it.

Huang describes how China’s primetime news program, Xinwen Lianbo, is stilted, archaic, and is “a constant target of mockery among ordinary citizens.” Yet the Chinese government airs it every night at 7 pm sharp. The continuing existence of this program is intended to remind citizens of the strength and capacity of the communist party.

The willingness of the government to continue to undertake costly endeavors to broadcast unpersuasive messages is a credible signal of just how strong and all-powerful it is. In fact, Huang compares this to political campaigns in democratic countries. Political ads rarely contain new information. They almost never change anyone’s mind. The function of political ads, though, isn’t to persuade. It’s to “burn money” in a public way. They are costly signals of the political campaign’s willingness to expend resources which shows their commitment.  

Huang goes on to report the results of his empirical research. He asked Chinese citizens how familiar they were with the Chinese government’s propaganda messages. He found that people who were more knowledgeable about these messages were not more satisfied with the government. But they were more likely to say that the government is strong, and were less willing to express dissent. Authoritarian regimes aren’t necessarily trying to convince you of anything. They’re trying to remind you of their power.  

Interestingly, Huang even says that the overt insipidness of regime messaging is part of the point. He writes:

“For this demonstration of strength to be well taken, propaganda may sometimes need to be dull and unpersuasive, so as to make sure that most citizens will know precisely that it is propaganda when they see it and hence get the implicit message.”

The regime is saying: Yes, we know this message is tiresome and obviously false. But we are showing this to you to tell you that you are helpless to do anything about it.

People are more likely to rebel against a regime when they sense that it is vulnerable. By broadcasting a consistent message repeatedly, the regime is attempting to bolster its power.

A weak organization can’t produce such messages. They can’t expend the resources. A strong organization can play the same program every night on all networks. They can broadcast the same message on every website and advertisement and television series. As Huang puts it,

“Citizens can make inferences about the type of government by observing whether it is willing to produce a high level of propaganda, even if the propaganda itself is not believed by citizens.”

That is, even if everyone knows what they are seeing is nonsense, the fact that everyone is seeing it means that the regime is strong enough to broadcast bullshit.

People are deterred from dissenting against the regime not because they believe in their dull messages but because they believe the regime has more power than themselves. Moreover, these official messages dictate the terms of acceptable public discourse and drive alternative ideas underground. They habituate citizens into acting “as if” they believe in the official doctrine, if for no other reason than that they do not publicly question it.

The political scientist Lisa Weeden, in her study on the cult of Hafiz al-Assad in Syria, discusses why authoritarian regimes coerce their citizens to engage in preposterous rituals. She notes that,

“The greater the absurdity of the required performance, the more clearly it demonstrates that the regime can make most people obey most of the time.”

If the regime can make the people around you partake in absurdities, you are less likely to challenge it. You will be more likely to obey it. Of course, this doesn’t mean regimes are not interested in indoctrination. They would prefer if people really did hold pro-regime attitudes and values.

But the purpose of propaganda is not limited just to instilling desired beliefs. Often, demonstrating the regime’s strength, capacity, and resources to intimidate people is a more important goal

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